XI Puede que ella le diga buenos días a la vida cuando sus manos que piensan y no preguntan, se miren a sí mismas, y arrebaten de ánimos a sus ojos que devoran lo que no acaba de decirse bajo la sombra izquierda del naranjo donde él respira en una mañana de oro. Entonces la vida tejerá sus secretos llevándose dolores al poner pensamientos dentro esa luz que resplandece en la oliva para musitar consecuencias que ponen de manifiesto que ella, ante todo, vive entre gentilezas y delicias verbales justo al sucumbir a las preguntas que golpean a la puerta en esa mañana de oro. Pero ambos perseveran ante el aletazo de un sol en su desorden y espulgan esa luz disfrazada de un azul acumulado que se arrastra a un metro de una contigüidad a la deriva sin encontrar su cuerpo último, ante ella con sus cejas alzadas que son tiempo todavía, cuando sus manos piensan, no preguntan y en eso se parecen a sí mismas frente al vendaval de lo extraño. De: Casa de nosotros
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